Patricia Valenzuela

La primera vez que pude ver de cerca una ballena gris fue como hace siete años. Entonces mi corazón se transformó en un tambor batiente cuyo retumbo vibró dentro de mi pecho de manera incesante.

A las ballenas me gusta llamarles “Seres”, siento que poseen un aura única muy especial. Pues bien, cuando vi a esos Seres hermosos acercarse, la sangre se me heló de temor y emoción. Los vi rondar la embarcación y de pronto ¡zas!, asomar su cabeza para observar con curiosidad a esos otros seres que íbamos dentro de la lancha. Me dio la impresión que sonrían al vernos.

Si verlas es genial –y con esto el viaje ya ha valido la pena- tocarlas es, además de un plus, de las experiencias más maravillosas que pueden existir en la vida de cualquier persona, o al menos en mi caso. Y bueno, aunque se recomienda abstenerse de ello, la verdad que es muy difícil resistirse y no hacerlo.

Establecer contacto con una ballena gris por algunos momentos (por lo general segundos) ha marcado mi existencia de manera profunda. Ha sido en encuentro sensorial y místico. La primera vez me pregunté (sigo haciéndolo): ¿cómo uno de los mamíferos más grandes del planeta puede tener ese comportamiento tan noble y amistoso?, ¿cómo se muestran tan abiertas? Observarlas girar, entrar y salir del agua, aventar agua a través de sus espiráculos, ver sus barbas cuando abren la boca, ¡son como nuestras mascotas caninas al jugar mientras las acariciamos! Al fin mamíferos, también.  

Me gusta pensar que la ballena gris tiene conciencia y que a través de lo que hacen saben perfectamente lo felices que somos al admirarlas.

En lo personal (aunque he visto cómo otras personas lo hacen también) me gusta hablarles como si fuesen bebés e imaginar que responden a esas muestras de cariño saliendo a la superficie.

El contacto con una ballena gris me inspira a dejar salir a mi niña interior tan reprimida por la cotidianidad de los días. Dejo maravillarme y sorprenderme por ellas. Me atrevería a asegurar que no soy la única.

Todas las personas que en esa travesía compartimos la embarcación, reímos, platicamos emocionadas y nos relajamos.  Por horas olvidamos las preocupaciones y problemas para concentramos en ellas, de los Seres más increíbles que habitan el mar.

Cuando asoman su cabeza y uno de sus ojos se cruza con mi mirada, lo percibo como un instante muy especial y único; tanto que quisiera poder detener el tiempo y congelar la imagen. Dos especies mamíferas tan distintas en contacto visual. Nada más fantástico.

El agua fría del Pacífico en Laguna Ojo de Liebre, aquí en el norte del municipio de Mulegé, es el hogar de las ballenas grises quienes acuden puntualmente cada año en un viaje desde Alaska, para dar a luz a sus crías hasta que estas son suficientemente grandes para iniciar el viaje de retorno. De diciembre a abril, cinco meses bastan para ello. Este acontecimiento tan significativo pone de fiesta a una comunidad para la que el turismo de aventura es de las principales fuentes de empleo y cada temporada se prepara para recibir a cientos de visitantes nacionales y extranjeros que hacen largos viajes con este fin.

Guerrero Negro, situado justo en el Paralelo 28, se llena de orgullo al acoger en sus aguas a este mamífero que en un principio hace millones de años fue terrestre, y cuya evolución lo llevo a convertirse en lo que hoy conocemos.

La ballena gris es el huésped distinguido de esta comunidad salinera.

Las aguas de Laguna Ojo de Liebre son la cuna donde nacen decenas de crías, por lo tanto, podemos presumir que la ballena gris es orgullosamente mexicana. 

¿Cómo no estar enamorada de ellas? ¿Cómo no sentirme agradecida con la vida por la oportunidad que me ha brindado de poder interactuar con semejante Ser?

Realizar el avistamiento de ballena gris, se convierte a la vez en un viaje que invita a la reflexión.  En lo personal, me hago consiente de mi pequeñez y de lo soberbia que puede ser la humanidad con su misma especie y con otras, al no cuidarlas, al dañarlas. Con el medio ambiente en general, al no preocuparnos por reciclar, por desplastificar. Por quemar basura, desperdiciar el agua, por no respetar la veda de las especies en peligro de extinción, en fin, por muchas cosas más.

Vivir la experiencia de ver de cerca de la ballena gris, sobre todo en su hábitat natural, me invita a hacer una pausa y repensar –me-. Cuestionarme qué estoy haciendo bien y qué no, por la vida animal y en otros aspectos de mi vida.

Es a la par un viaje introspectivo.

Me emociona mucho escribir sobre mi experiencia con la ballena gris. Me gusta poder compartir mis sentires con quienes me leen.

La invitación queda abierta pues, a que se den el tiempo (si no esta temporada sí las venideras) de obsequiarse la oportunidad para hacer esta travesía, sobre todo si viven en Baja California Sur.

No podemos amar ni proteger lo que no conocemos. No podemos hablar y recomendar lo que no hemos experimentado.

Y por último algo muy importante que no hay que perder de vista: cuando decidan hacer el viaje para avistamiento, elijan una empresa responsable no solo con ustedes como turistas, sino con la vida y el entorno de nuestras amigas las hermosas ballenas grises. 

Gigante del mar:

Eschrichtius robustus es

la ballena gris.

Foto de @mariostours

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