A raíz de los acontecimientos recientes en torno al primer surfista mexicano en competir en unos juegos olímpicos: Alan Cleland. En octubre, la World Surf League (WSL) anunció la suspensión de un competidor sin revelar su identidad; medios especializados identificaron al deportista como el colimense.

En octubre de 2026, su trayectoria quedó bajo escrutinio por señalamientos relacionados con una presunta agresión sexual contra una adolescente australiana en Tahití. Por separado, su expareja, la surfista alemana Noah Klapp, lo acusó públicamente de violencia física y sexual durante su relación. Ambos señalamientos corresponden a episodios distintos.

Con esto, se ha reabierto un debate urgente sobre las dinámicas de poder, complicidad y abusos dentro de la cultura del surf. Lo ocurrido no representa un hecho aislado, sino apenas la punta del iceberg de una problemática arraigada históricamente en la industria del surf.

En esta investigación, la periodista y surfista Lucy Small expone un trabajo de investigación publicado en sus redes sociales, de cómo la violencia sexual ha sido normalizada, minimizada e incluso plasmada en relatos literarios y autobiográficos desde los años sesenta.

Presentamos la traducción de este trabajo periodístico que examina el mosaico cultural de la violencia en algunas playas, Lucy cuestiona cómo se llegó a este punto del caso de Alan Cleland y reflexiona sobre si este momento marcará un verdadero cambio estructural.

«ESTA MIERDA LLEVA AÑOS OCURRIENDO»

Por Lucy Small

Traducción: El Organismo

El mosaico cultural de la violencia sexual en la industria del surf: ¿cómo llegamos hasta aquí y cambiará algo este momento?

«Recuerdo bien el primer día que vimos a una chica de aspecto remilgado bajarse del autobús en Collaroy», escribe Nat Young en el capítulo inicial de su libro Nat’s Nat and That’s That, publicado originalmente en 1998.

«Westie la llevó a la enfermería del club de surf de Collaroy; después regresó y le dijo a Belly que esperará unos minutos antes de entrar y tomar su lugar», relata al describir una escena de principios de los años sesenta.

«Westie había colocado estratégicamente a la chica de manera que estuviera tumbada boca arriba, con la cabeza orientada en dirección contraria al grupo de jóvenes lascivos, de modo que pudiera hacerles una señal por encima del hombro. Mientras él salía, Belly entraba; después, Henry y yo tuvimos nuestro turno de la misma manera».

Nat continúa: «La Gruñona», como la describe en el libro, «estaba realmente interesada en el sexo en grupo, y todos la recibíamos con la bragueta abierta cada vez que la veíamos bajarse del autobús escolar», escribe el campeón mundial de 1966 sobre la colegiala.

«La situación empezaba a descontrolarse un poco; la fila se hacía cada vez más larga a medida que se sumaban amigos y conocidos de otras playas».

En otro libro, Life of Brine, de Phil Jarratt, se describe una escena similar ocurrida a mediados de los años sesenta, durante una excursión de fin de semana del club Bellambi Boardriders:

«Me encontré hacia el final de la fila que se había formado a lo largo del pasillo del autobús, y me desmayé mucho antes de que llegara mi turno de recibir los favores de la chica», escribe Jarratt.

«En aquel momento me eximí de cualquier culpa porque, desde mi punto de vista, no había ocurrido nada. Pero yo estaba allí, más o menos sabía por qué, y podría haber participado voluntariamente en una agresión sexual de haber estado un poco menos borracho.  Que me hubiera desmayado se convirtió en una enorme broma entre mis compañeros del club. Para mantener las apariencias, seguí la corriente, riéndome y fingiendo disfrutar de aquella notoriedad. Pero me sentía culpable y avergonzado, y quería que el viaje terminara».

Estos recuerdos históricos nos permiten vislumbrar una cultura que terminaría revelándose no solo sexista y discriminatoria hacia las mujeres, sino francamente peligrosa.

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«De esto se trata todo, precisamente», dice Kai Borg Garcia en la introducción de la serie “The Volcom House”, publicada en YouTube en 2009.

Mientras habla, la cámara se acerca al cuerpo de una mujer en bikini que está tumbada en la playa frente a la casa, leyendo un libro.

«Surfear, comer, relajarse en el sofá e intentar ligar con esa palomita que está en la playa», dice.

Mientras recorre la casa, la cámara muestra carteles de mujeres con las piernas abiertas en segundo plano.

Garcia describe las dos casas contiguas: una que compraron en el año 2000 y otra, la «A-Team House», un edificio de tres plantas con vistas a Pipe, adquirido a Gerry Lopez en 2007. Las describe como «el campamento base para todo el mundo».

Durante el recorrido por la A-Team House que aparece en la serie, Garcia muestra las habitaciones de los surfistas que residían allí durante la temporada de invierno. Los distintos niveles reflejan una jerarquía que asciende conforme aumenta el prestigio dentro del surf y la credibilidad cultural, hasta llegar a la planta superior: el ático, ocupado por Bruce Irons.

La Volcom House, junto con otras casas de las principales marcas de surf situadas a lo largo de la costa de North Shore, era conocida por sus fiestas emblemáticas y desenfrenadas. La Volcom House era famosa por albergar la fiesta posterior al Pipe Masters.

Para las mujeres, sin embargo, estas casas representaban algo mucho más siniestro.

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«Esta mierda lleva años ocurriendo en North Shore», escribió una persona en un comentario de Instagram.

«El tipo que vivía en la planta superior de la Volcom House tenía a sus muchachos patrullando la playa para localizar a chicas MUY jóvenes, a las que atraían hasta la casa. Les daban un montón de drogas y alcohol y, finalmente, las llevaban con el rey, arriba, a su suite, para que pudiera hacer con ellas lo que quisiera», afirmó la persona que publicó el comentario.

Estos relatos no terminan ahí.

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Algunas personas han descrito viajes organizados por marcas durante los cuales, presuntamente, niños y niñas sufrieron abusos sexuales y físicos por parte de responsables de los equipos. Los viajes se realizaban sin supervisión parental hacia lugares aislados o en embarcaciones, en regiones como las islas Mentawai.

La exsurfista profesional Ellie-Jean Coffey compartió algunas de sus experiencias en un vídeo publicado en 2020.

En él, relata un viaje a Sumbawa con un antiguo patrocinador, cuando tenía 18 años. Según su testimonio, los responsables del equipo suministraron alcohol a una chica de 15 años hasta hacerla vomitar. Coffey afirma que intervino cuando un hombre intentó llevarse a la chica a su habitación de hotel y que el responsable del equipo de la menor estaba «completamente de acuerdo con aquello».

Coffey describió una cultura en la que se proporcionaban alcohol y drogas a menores durante estos viajes organizados por marcas. También contó que la presionaron para consumir alcohol cuando tenía apenas 14 años.

Asimismo, afirma que se aprovecharon de ella en numerosas ocasiones y que el episodio de la chica de 15 años en Sumbawa era solo «uno entre miles».

Cuando Coffey publicó el vídeo, sus acusaciones apenas recibieron atención dentro de la industria del surf.

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Y llegamos a esta semana, cuando la World Surf League (WSL) publicó un comunicado en el que anunciaba que un surfista del Championship Tour (CT) había sido suspendido de todos los eventos de la WSL después de que la organización tuviera conocimiento de graves acusaciones contra él.

«Las acusaciones se refieren a conductas relacionadas con una reunión privada celebrada en Tahití en agosto», señalaba el comunicado.

La revista Surfing World dio a conocer la noticia e identificó al surfista como Alan Cleland Jr., según la información de la que disponía.

Otros tres hombres relacionados con el caso han sido identificados únicamente a través de las redes sociales. Uno de ellos, Ryan «Chachi» Craig, quien ha frecuentado la Volcom House durante décadas.

Tras la suspensión, la surfista y artista Noah Klapp publicó en Instagram graves acusaciones contra Cleland relacionadas con la época en que mantuvieron una relación, seis años atrás.

Klapp describe los abusos que afirma haber sufrido durante aquella relación y sostiene que Cleland la agredió sexual y físicamente en numerosas ocasiones.

También afirma haber recibido múltiples testimonios similares de otras personas sobre Cleland.

A juzgar por los comentarios de apoyo publicados en su cuenta por surfistas de alto perfil como Kelly Slater y Gabriel Medina, podría parecer que Cleland constituye una excepción.

Sin embargo, en privado, algunas mujeres describen como «aterradores» a ciertos hombres que han expresado públicamente su apoyo, debido a experiencias que vivieron con ellos en entornos como la Volcom House.

Teniendo esto en cuenta, la sección de comentarios de Klapp parece ofrecer una oportunidad para limpiar su imagen pública, más que un reconocimiento auténtico y sincero de la manera en que las mujeres han sido —y siguen siendo— tratadas dentro de la industria del surf.

Da la impresión de que algunos hombres que han contribuido a mediar, sostener o gestionar esta cultura de violencia sexual están compartiendo ahora la publicación de Klapp para manifestarle su apoyo.

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Entonces, la pregunta sigue en pie: ¿por qué existen tantos secretos a voces?

Si tantas personas conocían lo que estaba ocurriendo en distintos ámbitos de la industria, ¿por qué no se hizo nada?

Para las mujeres que trabajan en este sector, denunciar públicamente o emprender acciones legales contra hombres ricos y poderosos siempre ha implicado enormes riesgos.

El riesgo de no ser creídas, de que se desacredite su palabra, de que se las ignore o relegue y de que sus carreras profesionales lleguen a su fin.

Existen, en privado, más de un relato de personas que presentaron denuncias contra alguien y después vieron cómo sus carreras desaparecían misteriosamente, mientras que quienes habían protegido a presuntos agresores eran ascendidos.

Y esto no sucede únicamente en los niveles más altos de la industria: ocurre también en los eventos locales y en las Federaciones Estatales.

La industria del surf es un ecosistema construido sobre contratos de corta duración, patrocinios de marcas reacias a asumir riesgos y un acuerdo contractual entre la WSL y los surfistas que contempla fuertes multas si estos perjudican la imagen del surf o de la propia WSL.

En la práctica, esto puede amordazar a los surfistas del Championship Tour e impedirles denunciar públicamente determinados comportamientos.

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¿Ha llegado entonces el momento?

¿Es hora de que algunos de los presuntos agresores, intermediarios y protectores den un paso al frente y reconozcan el daño causado?

¿O de que marcas como Billabong, Volcom, Quiksilver y otras, que se enfrentan a acusaciones sobre culturas de abuso —tanto durante sus viajes como en sus casas de North Shore—, salgan públicamente a reconocer que crearon entornos peligrosos para las mujeres, que presenciaron o perpetraron abusos y que no hicieron nada para detenerlos?

¿Y qué ocurre con los medios de comunicación especializados en surf que todavía sobreviven y que construyeron sus empresas glorificando una cultura que perjudica a las mujeres?

¿No deberían asumir su responsabilidad por publicar fotografías tomadas por fotógrafos conocidos —actualmente o en el pasado— por hacer que las mujeres se sintieran inseguras? ¿Y por publicar reportajes, perfiles y artículos que celebran los logros de miembros de la industria del surf sobre quienes existen estos secretos a voces?

Este mosaico de historias encaja y revela una cultura que perjudica a las mujeres, protege a los hombres poderosos y permite que la violencia sexual prospere.

Publicar una historia o dejar un comentario de apoyo ahora, cuando la opinión pública está de tu lado, no deshace el daño que ya se ha causado.

Quienes han contribuido a construir un entorno que ha propiciado los acontecimientos que actualmente ocupan los titulares deben ser honestos sobre su propia responsabilidad y comprometerse a impulsar una nueva era en el surf.

No debería recaer en las mujeres la responsabilidad de alzar la voz y denunciar los abusos una vez que ya han ocurrido. Las instituciones del surf deberían hacer todo lo que esté en sus manos para depurar sus propias filas y establecer nuevas medidas que protejan a las mujeres y a los menores, en lugar de proteger a los hombres poderosos.”

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Fotografías de el sitio oficial de Volcom. Más fotografías e información general de dicho lugar en los sitios oficiales de Volcom y la revista Surfer.

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Esto ocurre apenas unos días después de que saliera a la luz el caso de la Universidad de Cornell, en Nueva York, donde una estudiante denunció haber sido drogada y violada en grupo por miembros de una fraternidad, y donde la investigación inicial fue duramente cuestionada por la forma en que se manejó la denuncia.

Rita Segato le ha puesto nombre a esto en su obra: lo llama «cofradía masculina». No importa el lugar ni el contexto, en las fuerzas policiales, en el ejército, en lo empresarial (industrias gigentes como Hollywood, etc,), en lo académico, en los deportes…. Es una estructura, no casos aislados.

Quienes han monopolizado la imagen del surf —WSL, marcas como Volcom, Quiksilver, Reef, medios como Surfer— venden una vida idealizada: golf, lujo, estilo. No delimitan lo permisible en la línea costera de su propio territorio. Prefieren la postal al compromiso.

Amar el mar es no ser indiferente a su destrucción. El mar no necesita admiradores, necesita defensores. Es en vez de formar atletas con conciencia, que protejan los territorios, se viola a niñas y mujeres. Quien llega a las grandes ligas —el sueño de casi todos— no se pregunta por los métodos ni por el precio de su patrocinio. Se convierte en marioneta que obedece el código de la «cofradía masculina»: guarda silencio, mira a otro lado, sostiene el pacto. El silencio también es complicidad.

Es la misma lógica: el cuerpo como recurso, el otro como objeto explotable. Rita Segato la llama «cofradía masculina»: una hermandad que se reconoce a sí misma a través de la violencia sobre los cuerpos feminizados. La industria del surf trata las playas y los ecosistemas igual que trata a las mujeres: como territorio a explotar.»

Muy pocos atletas de alto rendimiento en el surf se han rehusado a que su propia imagen sea manejada y explotada. Pero los medios son quienes transmiten los mandatos: cómo vivir, cómo vestir, cómo lucir, a qué aspirar, cuáles sueños debes tener, etc. Solo prescriben. Y quien no obedece, queda fuera de la postal.

En una entrevista, la antropóloga argentina explica:

«El patriarcado es un sistema político primigenio. No es una cultura, porque todas las culturas son patriarcales. Es la primera forma de desigualdad y de usurpación: de poder, de prestigio, de autoridad y de soberanía.

El violador nunca está solo. Lo que él hace siempre es brindar un examen ante sus pares, y ese grupo de pares se consolida en ‘la cofradía masculina’. Al mandato que emana de ella lo llamo ‘el mandato de violación’. Esa cofradía es, en realidad, una corporación: la estructura sobre la cual se replican todas las otras corporaciones, incluida la de la masculinidad. Y es corporativa porque obedece a dos principios.

Primero, la lealtad obligatoria no es a la vida, ni a la propiedad, ni a la dignidad: es la lealtad a la corporación. Se pueden infringir todas las otras obligaciones, pero no la de ser leal a los mandatos de esa corporación. Segundo, es internamente jerárquica: hay macho alfa o macho supremo y macho último, y los machos dan pruebas constantes ‘para titularse’ y ser aceptados. Eso se replica en las fuerzas armadas, en la policía, en las mafias, en las pandillas, en la academia.

Al violador lo llamo ‘el mandato de masculinidad’, que incluye el de violación: el mandato de supremacía, el de ser capaz de exhibir. El varón se apropia de algo que viene del cuerpo de la mujer, de la posición femenina, como una especie de tributo. Si no hay esa apropiación, el varón ‘no es varón’. El violador no está solo: exhibe eso ante sus pares, ante la mirada de los otros hombres y ante la mirada de la víctima.

El violador es un sujeto ‘moralizador’, el sujeto moral por excelencia. No es un ser solitario ni una anomalía: representa el orden moral de la sociedad, y viola a la víctima para disciplinarla. Contrariamente a lo que el sentido común dice, no busca satisfacer un deseo sexual enloquecido. Lo que hay es la necesidad de exhibir la capacidad de apropiarse de un cuerpo, de consumirlo, y la idea arcaica de que ese cuerpo ‘merece ser violado’ porque las mujeres son moralmente vulnerables y él tiene superioridad moral sobre ellas».