Patricia Valenzuela L

Al rememorar mi vida, indiscutiblemente vienen a mi mente las imágenes en las que de niña solía jugar en la calle. Sin cercas delimitando un patio, ni puertas con candados o alarmas y cámaras de vigilancia observando. Sin celulares. Época en la que para localizar a mamá o papá por ejemplo, tenía que llamarles a un teléfono fijo del lugar donde estarían y de no encontrarles dejar recado con quien contestara.

Dentro de ese cúmulo de recuerdos están los de una bicicleta despintada, un poco vieja. Y me veo pedaleando levantando la llanta delantera por unos segundos interminables. O sin las manos en el manubrio. También están mi par de patines y la patineta amarilla.

Los patines de fierro y cuatro llantas me los colocaba adaptándolos al tamaño de zapatos. Nunca pude tener unos como los de mi prima; de bota, blancos, con freno de bola en frente. Soñé tanto con ellos. Sin embargo, con los que tenía y pesar del ruido que emitían, brinqué topes, di giros en el aire, recorrí las calles de la colonia en compañía de primas y amigas. En la patineta me sentaba para que mi mejor amiga se apoyara sobre mis hombros y empujara fuerte, dejándome ir por la pendiente a dos cuadras de la casa. En esa infancia jugué a las canicas sobre tierra suelta, a las escondidas en la oscuridad de la noche. Al bote, a las cebollitas y bebeleche. Corrí y salté bardas junto con niñas y niños  de mi misma edad que vivíamos en el mismo vecindario.  

No pudo faltar el futbol en la calle. Las porterías delimitadas con piedras, donde el juego se detenía solo cuando el camión de ruta o cualquier otro automóvil sonaba su claxon para gritar que nos moviéramos. Por otro lado, todavía puedo escuchar nuestras risas los días de lluvia mientras saltábamos charcos, los gritos alrededor del señor y su puesto ambulante, pidiéndole los churritos o la fruta con chile. Un raspado de ciruela.

Me causa gracia recordar que jugué maquinitas con el dinero que ganaba vendiendo periódicos en el boulevard, siempre en bola.

Con el tiempo todo eso cambió. La vida empezó a hacerse un poco más seria, supongo.

Vino la adolescencia y con ella la secundaria. Los talleres de tejido y corte y confección que odié, tal vez porque me costó mucho adaptarme a las indicaciones de la maestra.  Siendo zurda todo me parecía imposible en un mundo diestro. Nunca dije nada y la  maestra no se preocupó por preguntar qué me pasaba, por qué tantas dificultades para aprender. En la mecanografía me fue mejor.

Poco a poco me fui desprendiendo de cada una de mis amigas del barrio, ellas también de mí, supongo que nos sentimos engullidas por la vida y responsabilidades. Así empezó el distanciamiento. En primer año me gustó uno de tercero. Embelesada lo veía (como muchas) de lejos sin que él se diera cuenta. Fue mi amor platónico hasta que se graduó. Años más tarde nos conocimos y tratamos un poco.

Siguió el bachillerato. Un ir y venir en camiones de ruta que recorrían media ciudad. Dos camiones de ida, otros dos de regreso, y yo sentada rebotando en cada bache. No fui una alumna brillante. El tormento de las matemáticas siguió. En ese lapso tuve mi primer novio con el que me mantuve cinco eternos años. Padecí las miradas que desaprobaron mi corte de cabello. Inicié a escribir diarios a escondidas debajo de las sábanas. Escuché rock a todo volumen. Me sentí desplazada por el novio de mi mejor amiga. Tuve muchas diferencias con mi madre. Encontré verdadero consuelo en las letras.

Sentirme poca cosa, relegada, fea, tonta. Llorar a solas. Era el orden del día.  

Soñé desierta y dormida con el amor, con ser importante, querida, aceptada, valorada.  Así giraron mis días en esa época.

En un abrir y cerrar de ojos pasé a una licenciatura de tiempo completo.

Clases, clínicas, hospitales, morgues. Con bata blanca y mochila al hombro viví los siguientes diez años de mi vida.

Viaje por primera vez sola en camión y en avión. Me enamoré  de “verdad” varias veces, todas fallidas. Bailé mucho, mucho, igual me embriagué. Dormí fuera de casa estudiando y otras, porque a esa hora después de una fiesta ya no había camiones de ruta que me llevaran. Algunas ocasiones mi padre iba por mí a las tres de la mañana. En este tiempo conocí a una de mis más entrañables amigas (que todavía conservo). Reímos mucho. El hospital fue nuestra casa. El servicio de urgencias, de gíneco, el quirófano, los lugares donde pasamos más tiempo, con mucho trabajo pero felices. Éramos tan jóvenes. El amor y la amistad cabían ahí, entre infartos, curaciones y partos. El servicio social me separó de mi amiga. Después vino la especialidad y mi casa siguió siendo la posada en la que se había convertido, donde solo llegaba a dormir y comer, en ese orden.  Me gradué.

Dejé la ciudad donde nací. Dejé todo. Lloré mucho cuando partí de mi ciudad dejando la pequeña habitación que me dio cobijo y resguardo. Dejé a mi madre y a mi padre con la mano en el aire diciéndome adiós. No volví a bailar.

Conocí el mar con el que soñé toda mi infancia y adolescencia y del cual me enamoré loca y profundamente. Encontré trabajo, o mejor dicho el trabajo me encontró a mí. Me convertí en madre. Descubrí otras libros y lecturas fuera de los de mi profesión. Me construí una fortaleza. En el Pacífico, entre la sal, dunas y ballenas, encontré a mi compañero de vida.

Y aunque rememoro a veces con nostalgia esa vida pasada que parece en ciertos momentos tan presente, me siento mucho más feliz. A pesar de la telefonía celular, las redes sociales, de toda la tecnología que me absorbe y me roba tiempo. Que me invita a procrastinar en ellas.

He leído una cantidad de libros que en esa infancia y adolescencia no imaginé.  Escribo, no debajo de las sábanas, sino en un hermoso escritorio que recibí como regalo en uno de mis más recientes cumpleaños. Al hacerlo saco todo lo que me atraviesa. He dejado plasmado en papel mis poemas, sin importar si me leen o no, si gustan o no.

He viajado. Conocido otros mares, regiones tan bellas como inhóspitas. Volado sujeta de un cable sobre el desierto o el mar. Compartido momentos íntimos con las montañas hegemónicas envuelta en el silencio.

Colecciono figuras de los lugares que visito. Aprendí y soy buena para formar palabras en el Scrabble. Descubrí el amor incondicional en cuatro perros y me he descubierto amando a una pequeña gata de hermosos ojos azules.

Vivo en plenitud. Siento que la vida no me debe nada. Todo lo importante me lo dio y ha dado a su tiempo. Vivo una vida no imaginada en mi infancia.

Entendí que la vida es más que un número. Que la vida son los sueños que se logran, las palabras que se escriben, las almas que se tocan.

Acepto amorosamente mis años, mis arrugas, las canas que empiezan a habitar mi cabello, el desgaste de mi cuerpo. La  desmemoria de no saber donde dejo las llaves.

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