Gilberto Piñeda

Durante miles de años la humanidad fue cazadora-recolectora pescadora, la especie humana, como le conocemos ahora debe rondar el millón de años de existencia, si es así, podemos decir que durante más 980 mil años, hombres y mujeres en el planeta fueron cazadores-recolectores-pescadores en condiciones climáticas radicalmente diferentes en cada época milenaria, por lo tanto, solo se producía lo necesario para la subsistencia, lo que los economistas llaman “producto necesario”; habrá de imaginar esta vida errante de hombres y mujeres que se asentaban por un tiempo en los lugares donde la naturaleza les proveía de alimentación y cobijo natural, y ante cualquier cambio en la naturaleza, les obligaba a mudarse a otros lugares; esa fue seguramente la vida humana durante miles de años, lo cual supone un conocimiento extraordinario de la naturaleza, de la madre tierra y de la madre agua, como a veces se les llama, pues eran parte de ella.


Existen muchas versiones del momento histórico de larga duración en que la economía cazadora, recolectora, pescadora empezó a dejar de serlo, es decir, el momento en que el producto necesario se transformó en sobreproducto social, lo que se hace en llamar producto excedente. Este proceso fue asincrónico y de muy larga duración se dio entre 20 mil y 10 mil años antes del presente cuando inicia la crianza y domesticación de animales y plantas que nosotros conocemos como ganadería y agricultura que se conoció como la revolución neolítica por iniciarse en esta época milenaria. Se atribuye a la mujer este descubrimiento que revolucionó la actividad económica de la humanidad que se expandió con la revolución metalúrgica (descubrimiento de los metales) y con ella la minería y la metalurgia, que revolucionó la agricultura con las nuevas herramientas aumentando la productividad del trabajo que favoreció el crecimiento exponencial del sobreproducto social y desarrolló la manufactura.
La producción de este excedente económico en la agricultura y la ganadería rebasó los límites del producto necesario, creo la condición para el cambio y por lo tanto los bienes de consumo y los bienes productivos se transforman en mercancías y es así como aparece el mercado, después de miles de años. A los bienes de autoconsumo se suman gradualmente los bienes para el cambio como condición previa para el consumo, y en la medida que el mercado se transforma en mercado desarrollado se hace necesario un equivalente general como medio de intercambio que toma la forma de dinero.


Mientras que al inicio del periodo neolítico en 10,000 aac. la península de la California apenas se estaba poblando por cazadores-recolectores-pescadores (hay evidencias arqueológicas en la Isla Espíritu Santo en la Bahía de La Paz que todavía estaba conectada con el macizo peninsular fechada 11 mil años a.p. y en la sierra de Guadalupe y San Francisco en el centro peninsular fechada en 12 mil años a.p.) en otras partes del planeta, hombres y mujeres descubrían que se podían domesticar animales y que se podían producir alimentos sembrando las semillas y así pasar de la recolección al cultivo y de la caza a la domesticación. Los indígenas Californios, a diferencia del mundo indígena mesoamericano, por sí mismos nunca descubrieron la agricultura y la ganadería, ellos y ellas siguieron siendo cazadores-recolectores-pescadores, desde hace 11 mil años antes del presente hasta la ocupación colonial de finales del siglo XVII y la mitad del siglo XVIII por la orden religiosa de los Jesuitas que establecieron un sistema misional en la media península del sur empezando con las fundaciones de la Misión de Nuestra Señora de Loreto (Conchó) en 1697 seguida por la Misión de San Francisco Javier (Viggé Biaundó) en 1699, Misión de San Juan Bautista (Malibat Ligüi) en 1705, la Misión de Santa Rosalía de Mulegé en 1705, la Misión de San José de Comondú en 1708, la Misión de San Miguel de Comondu, la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe (Huasinapí) en 1720, la Misión de San Luis Gonzága (Chiriyaquí) en 1737, la Misión de La Purísima Concepción (Cadegomó) en 1717, la Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz (Airapí) en 1720, la Misión de Nuestra Señora de Los Dolores (Chillá), la Misión de Santiago de los Coras (Añiti) en 1721 la Misión de San Ignacio (Kadakaamán) en 1728, , la Misión de San José del Cabo (Añuití) en 1930, Misión de Santa Rosa de Las Palmas y después Misión de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos en 1731-1733.


La ocupación de la California por la corona española a través de la orden religiosa de San Ignacio de Loyola, condenó a muerte al mundo indígena cazador-recolector-pescador que prácticamente extinguió casi por completo en casi un siglo y medio, después de haberla habitado durante más de 10 milenios, hubo varias razones, pero una es la principal: para poder mantener la domesticación de los animales que trajeron y desarrollar una economía ganadera; para poder construir la infraestructura de barbecho, siembra, riego y cosecha, conocimiento que también trajeron para desarrollar una economía agrícola; y, para poder instalar la infraestructura para la producción de vino y aceite de oliva, conservas y frutos secos, curtidería de pieles, carnes, quesos, mantequilla, manteca, panocha, para desarrollar una economía agroindustrial; hubieron de ocupar un lugar privilegiado para la vida que fueron las cercanías de los arroyos, de los manantiales, delos ojos de agua, que durante miles de años fueron el epicentro de la vida humana en el mundo indígena en la California; en otras palabras, los indígenas cazadores-recolectores-pescadores fueron despojados de su territorio. Solo unos pocos indígenas californios que los Jesuitas lograron mantener en las misiones, conocieron los procesos de trabajo y de producción agrícola, ganadero y agroindustrial; la gran mayoría de ellos, que fueron miles, murieron seguramente en las montañas de la California, alejados de la fuente de vida humana: el AGUA.


Es decir: la división del trabajo necesario entre los sexos de las etnias pericú y guaycura en el sur peninsular y cochimí en el desierto central; por un lado el trabajo de las mujeres indígenas en la caza menor, la recolección de frutos y moluscos, y por otro lado, el de los hombres en la pesca y la caza mayores, fueron gradualmente disminuyendo ante la falta de agua que los llevó a una muerte inevitable, a parte de las enfermedades traída por los colonizadores y la violencia ejercida por algunos soldados que acompañaban a los jesuitas, como aquella de 1734 cuando se dio la rebelión pericú iniciada en la Misión de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos y que se extendió a las Misiones de Santiago y de San José del Cabo, en un intento de resistencia y defensa del territorio indígena en el sur peninsular que llevó a la muerte por los indígenas de los padres jesuitas Lorenzo José Carranco y Javier Nicolás Tamaral, hecho que enfureció al gobierno central, enviando al ejercito colonial encabezado por el gobernador de la Provincia de Sinaloa y Sonora Manuel Bernal de Huidobro, que en muy corto tiempo aplacó a rebelión.
Regresando a los inicios de la economía agropecuaria, históricamente, con el descubrimiento de la agricultura y la ganadería (entre 15,000 y 10,000 años a.c, y en Mesomérica la agricultura entre 7000-6000 años a.c.) no solo se asegura el producto necesario para la subsistencia sino que aparece el sobreproducto social, un excedente que crea las condiciones para el cambio, y por consecuencia, un mercado embrionario. No sucedió así en la California: consumado el despojo del mundo indígena y establecido el sistema misional como unidad económica y evangelizadora, los jesuitas no lograron construir un mercado, es decir, una economía de valores de cambio, sino que los productos agrícolas y ganaderos seguían siendo para el autoconsumo, es decir, una economía de valores de uso; y el sobreproducto social agrícola y ganadero se utilizaba como reserva alimentaria cuando las condiciones se lo permitían y para apoyar a las misiones que producían por abajo de lo necesario para la subsistencia. Podemos decir entonces, que en la California el producto agrícola y ganadero no se convirtieron en mercancía, como era de suponerse; y a lo existir el mercado, el dinero era innecesario. El único mercado donde participaban los Jesuitas era en el mercado desarrollado de la Nueva España continental donde adquirían la mayor parte de las mercancías necesarias para mantener las misiones (herramientas, vestido, madera, objetos de culto, hierro, papel, tinturas) que en su inmensa mayoría se comparaban con el Fondo Piadoso de las Californias con el que las familias pudientes de la Nueva España sostenían el sistema misional de la California, como había sido el acuerdo cupular entre la corona española y la orden religiosa de San Ignacio de Loyola.
Habrá que destacar una excepción de un mercado subterráneo de perlas hacía el macizo continental ejercido por algunos soldados y tolerado por los jesuitas casi desde que se instaló el sistema misional en Conchó que empezó a generar un proceso incipiente de acumulación de riqueza, siendo el caso más conocido, el de un soldado llamado Manuel de Ocio quien había llegado a la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que se encargaba de comerciar las perlas que recolectaban los indios californios para venderlos en la contracosta continental de la Nueva España dando forma a una especie de capital mercantil incipiente (D-M-D´, donde D´-D=d); pero que al paso de los años se fue gradualmente acumulado, de tal suerte que a mediados del siglo XVIII fue quien organizó el primer pueblo no misional, civil, en el sur a la península de la California, cerca de las Misiones de Nuestra Señora del Pilar La Paz y de Todos Santos, en un lugar conocido como Santa Ana donde se habían descubierto vetas de mineral de plata en 1748 y a partir de entonces empieza un primer poblamiento civil que se asienta en ese primer pueblo minero de Santa Ana donde se produciría plata pasta por el método de patio, donde llegaban trabajadores, alimento, vestido, equipo y herramienta por el embarcadero que habían construido los jesuitas en el puerto de La Paz pero que había quedado abandonada la Misión en ese año por haberse trasladado a Todos Santos; a la expulsión de los jesuitas de la California por orden de la corona española, el pueblo minero cobró auge y los embarcaderos de los puerto de La Paz y Ensenada de Muertos se reactivaron para el embarco de plata y desembarco de alimentos, vestido y equipo; la consecuencia inmediata fue la transformación en mercancías de los productos agrícolas, ganaderos y agroindustriales de las antiguas Misiones de Todos Santos, Santiago y San José del Cabo, formándose un mercado que abastecía de alimentos los pobladores del mineral de Santa Ana, que no eran pocos; pero además, nacieron los ranchos sudcalifornianos de particulares para la crianza de ganado bovino y caprino principalmente que coexistía con la siembra de frutos, legumbres y en menor medida de granos.


La asimetría histórica es irrefutable: hasta finales del siglo XVII las economías agrícola, ganadera, agroindustrial y manufacturera se había extendido en buena parte del planeta, y con ellas la producción y distribución de mercancías; sin embargo, en la California la población indígena seguía practicando una economía de apropiación, cazadora, recolectora y pescadora, desconociendo por completo el mercado y las mercancías; más tarde, a fines del siglo XVIII mientras que en Europa el capitalismo se consolidaba en Inglaterra con la revolución industrial; en la California apenas iniciaba la formación del mercado local y el intercambio simple de mercancías (M1M2; M1DM2) con un incipiente circulante monetario en metálico.


La Paz, Baja California Sur, a 11 de febrero de 2021.

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *