Patricia Valenzuela L.

Hoy fui al doctor. Ya no resistí más.

Después de un examen clínico exhaustivo y minucioso, el especialista en enfermedades del corazón le pidió a la enfermera que me realizara  un electrocardiograma. Minutos más tarde –yo todavía en bata-, se presentó el doctor en el cubículo. Posó su mirada indiferente en mí y al mismo tiempo se rascó la cabeza, aclaró la garganta –dos veces- y se acomodó los minúsculos y redondos anteojos que parecían a punto de caer, todo en una rítmica secuencia automatizada. Acto seguido, dirigió la vista a aquel papel angosto y largo que sostenía y extendía entre sus manos; mi recién salido trazo electrocardiográfico. Apenas alcancé a distinguir una serie de líneas que subían y bajaban que no me significaron nada.

El doctor inhaló profundo y exhaló lentamente, regresó su mirada de nuevo hacia mí  y por fin dijo:

<<Su examen físico es normal y el electrocardiograma no revela ninguna anomalía>>. 

-¿Y entonces? Inquirí ansiosa después de tragar saliva a pesar de sentir la garganta reseca, en cuanto él terminó la frase.

<<Su dolor en el pecho no tiene origen físico ni orgánico>>, dijo de manera categórica el cardiólogo y continuó:

<<Esos malestares que usted siente: dolor en el pecho, sensación de ahogo, como que algo le lastima al respirar, falta de apetito; ¡aaah, todo es muy claro! El diagnóstico es sencillo, se llama tristeza.

Reconozco bien esos síntomas. Hace mucho tiempo, cuando apenas era yo un joven y escuálido estudiante de medicina, experimenté algo muy parecido y créame, la entiendo y comprendo. Sin embargo, le aseguro sin temor a equivocarme que no hay nada que hacer, el mejor paliativo es el tiempo. Él se encargará de todo.

Yo lo escuché y no pude decir nada, únicamente sentí cómo todas “mis dolencias” se volvían aún más agudas y reales.

Inmediatamente la enfermera me indicó que podía vestirme, mientras que el viejo en el arte de curar dolencias cardiacas, doblaba con sumo cuidado el papel del electrocardiograma, que me entregó al yo traspasar el biombo ya vestida.

Antes de dar por terminada la consulta médica, me dijo:  

<<cualquier otra cosa que se le ofrezca estoy a sus órdenes. Por ahora relájese y tómese algo fuerte; el mezcal ayuda mucho en estas circunstancias. Si lo sabré yo>>.

Dio entonces media vuelta y salió con paso lerdo, con el cuerpo encorvado como quien busca un objeto perdido y ambas manos metidas en los bolsillos de su impecable y almidonada bata blanca.  Me pareció que era él quien se buscaba.

La enfermera también se retiró. Supuse que había sido la última de sus pacientes.

Permanecí en el cubículo un rato más,  sentada en la camilla, analizando toda la información y sintiendo ese intenso malestar en el pecho y la otra sensación que no sabía como llamarla pero que me lastimaba. El murmullo de las voces de las personas  en el pasillo poco a poco se apagó.

De pronto un escalofrío recorrió mi cuerpo y sentí una presencia junto a mí. Fue cuando escuché una voz que decía:

<<En esto todo es cuestión de tener paciencia. Y sí, el viejo tiene razón, el tiempo es el mejor paliativo, aunque sus cucharadas sean amargas hay que tragárselo sin chistar. De nada vale resistirse, inquietarse, desesperarse, al final él anda por la vida sin importarle nada. A su ritmo, a veces lento otras muy rápido. Lo conozco muy bien. Es infalible. Termina siempre suplantándome por el olvido. Que dicho sea de paso no es tan inocuo como creen. También invade y lesiona. Sí, sí, menos perceptible, sin embargo, pertinaz. Deja grandes cavidades llenas de vacío.

Pero bueno mujer, debes irte. Allá afuera a nadie le importa lo que te pasa. Debes continuar con tu rutina; seguir sonriendo cuando quieres gritar;  hablar cuando lo único que anhelas es el silencio protector. Aguantar mi invisible y dolorosa presencia. >>

De pronto el extraño monólogo de una voz salida de no sé donde, fue interrumpido por la estruendosa entrada del intendente que abrió la puerta del consultorio con balde y trapeador en mano. Él también se sorprendió, me lo dijo su expresión al cesar su silbido.

Sin mediar palabra y un poco turbada, tomé mi bolso lo más rápido que pude, eché en él mi electrocardiograma y salí envuelta en esa intimidad que mi amiga la incómoda tristeza y yo habíamos empezado a tener.

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