Nysaí Moreno

Para hablar de la Sierra de La Laguna es necesario hablar de tiempo. Del tiempo que no mide ningún proyecto de inversión, ni ecodesarrollos. Un tiempo que no se doblega ante la prisa de ningún helicóptero Bell 505; un tiempo que no se rinde ante una Manifestación de Impacto Ambiental redactada en escritorios. Tampoco se restablece con reformas al artículo 46 de LGEEPA aprobadas por unanimidad en una Cámara de Diputados; ni negocia en Juntas de Cabildo ni en agendas de Servidores Públicos que nunca comprenderán el suelo que pisan.

Un tiempo totalmente fuera del alcance de un ciclo electoral, ni del horizonte de ningún código minero, ni en los nueve años de vida útil que proyectaban para la mina a cielo abierto que quiso extraer 1.2 millones de onzas de oro.

Tampoco cabe en discursos de sustentabilidad, ni se vende como “restauración de la biodiversidad”. No cabe en ninguna teoría económica, los siglos ni lo tocan, ni siquiera cabe en estos seis mil años de patriarcado, que es cuando nació esa forma de organizar el poder que precede y prepara al estado: la dominación institucionalizada. Es un tiempo fuera de la razón instrumental. El tiempo que le tomó a la Sierra de La Laguna construirse.

Un tiempo lento y latente.

Hace aproximadamente entre 105 y  90  millones de años (durante el Cretácico Tardío), el piso del Océano Pacífico chocó contra el margen del oeste de la antigua placa Norteamericana. La lámina oceánica, más delgada y densa, se hundió bajo el continente –aunque entonces aún no existía el continente como tal, sino un margen activo con arcos volcánicos–, y el material fundido migró hacia la superficie cristalizando en el granito que hoy forma la columna vertebral de la Sierra. Este evento se presentó en dos fases, durante las épocas del Cretácico Medio y Superior. Lo que hoy pisamos en las partes altas de la sierra es, literalmente, material que emergió del manto de la tierra hace cien millones de años.  

Ese fue el primer latido.

Después, hace veintiséis millones de años, casi toda la Península quedó sumergida por un mar transgresivo. Las excepciones fueron tres regiones batolíticas que permanecieron emergidas como islas: la Sierra San Pedro Mártir, la Península de Vizcaíno y la Región de Los Cabos. La Sierra de La Laguna pertenece a esta tercera isla. Fue esa condición insular (ese aislamiento geológico prolongado) lo que forjó el carácter único de su biodiversidad. Las especies que evolucionaron en ese confinamiento no conocieron a grandes herbívoros continentales. Sus equilibrios tróficos, su composición florística, su estructura de suelos se construyeron durante millones de años en ausencia de la presión que ejercen los ungulados de otras regiones del continente.

La historia no termina ahí. Durante el Plioceno (entre 5.3 y 2.6 millones de años), la región de Los Cabos se separó nuevamente del macizo continental. La barrera de San Gorgonio restringió la comunicación con Norteamérica, acentuando el aislamiento. Fue solo durante el Pleistoceno (hace 2.6 millones de años) que la región se incorporó definitivamente a la Península, y fue entonces cuando la Península alcanzó su configuración actual. Como bien concluyen Laura Arriaga y Alfredo Ortega (1989): los levantamientos tectónicos, los efectos glaciares, la migración y el aislamiento peninsular tuvieron una gran repercusión en las características de endemismo y especiación genética reciente que acusa la región. No es un ecosistema incompleto esperando ser intervenido. Es un sistema que se completó solo, bajo condiciones que tardaron cientos de millones de años en construirse.

La hidrología de la sierra

La Sierra de La Laguna no es un depósito estático, no es una cuenta de banco de la que se pueda retirar capital sin consecuencias; es un proceso de infiltración que ignora la prisa humana.

La «columna vertebral» de la Sierra, ese batolito de granito que emergió del manto hace cien millones de años, es en realidad un yacimiento de grietas. A diferencia de otros sistemas montañosos, aquí la roca es masiva y consolidada, lo que significa que el agua aunque corra  por la superficie en arroyos y cauces hacia el mar, no se infiltra  profundamente.

Geológicamente, el granito es una roca masiva con porosidad primaria nula; es decir, la piedra misma no tiene huecos por donde el agua pueda filtrarse. Es una pared infranqueable. Sin embargo, su virtud reside en su porosidad secundaria: una red de fracturas y fallas que son las únicas vías de acceso al corazón de la montaña. Por eso el agua aunque corra al mar (escurrimiento superficial ), al ser granito masivo, la infiltración profunda es por fracturas. Encuentra su cauce subterráneo en un viaje de hasta siglos a través de este laberinto mineral de piedra durísima. El flujo es casi exclusivamente por fracturas, por esas fisuras que dejó el enfriamiento del batolito y los movimientos tectónicos.

Lo que convierte a la Sierra en una “esponja de piedra” de una fragilidad absoluta. El granito no almacena agua en cavidades como una esponja; la conduce y almacena en fracturas. Esta arquitectura geohidrológica hace que la recarga sea extremadamente vulnerable. Si la superficie se sella con planchas de concreto o si el sistema se fractura artificialmente mediante explosiones mineras, ese ‘viaje de siglos’ se interrumpe permanentemente. No es una herida que cicatrice; es un sistema de conducción milenario que, una vez colapsado, deja de existir, condenando al desierto a quedarse sin su pulso vital.

En las partes altas, la Sierra recibe un pulso de vida que la costa desconoce. Mientras en la zona baja el desierto apenas recibe 200 mm de lluvia al año, las cumbres de la Sierra actúan como imanes de humedad, captando más de 600 mm. El 80% de esta agua cae en un bombardeo estacional de verano, entre julio y octubre. Es un evento brusco y generoso: el agua golpea el granito, se concentra en los canales fluviales y comienza su descenso invisible hacia los mantos acuíferos primarios de la Región del Cabo.

Esta es la verdadera soberanía de la región. Las zonas de pendiente suave en las montañas no son «terrenos baldíos» esperando ser urbanizados; son las principales áreas de recarga. Cada gota que se infiltra en las partes altas es la que, eventualmente, brotará en los pozos de La Paz y Los Cabos. La hidrología oficial intenta encerrar este ciclo en «balances hídricos» de escritorio, pero la física del batolito es clara: la recarga es un proceso lento, dependiente de la integridad del suelo y de la ausencia de presión externa.

Si el primer latido fue la formación de la roca, el segundo es este movimiento perpetuo del agua a través de ella. Un flujo que no entiende de concesiones de CONAGUA ni de ciclos fiscales, sino de la capacidad de la piedra para sostener la vida en medio de la aridez.

Densidad de biomasa

Sobre ese batolito fracturado y esa humedad atrapada en las cumbres, la vida tejió una trama que no existe en ningún otro lugar del planeta: una transición entre el matorral sarcocaule y la selva baja caducifolia. El desierto y el trópico tocándose en la cima. Dos mundos que solo en esta región del mundo coexisten.

Pero la singularidad va más allá del encuentro entre dos mundos: la única selva baja caducifolia de toda la Península, el único bosque de pino-encino de Baja California Sur, y entre ambos, el matorral sarcocaule. Todo ello concentrado en una sola sierra, producto de millones de años de aislamiento. No hay otro lugar en el mundo donde esto pueda rehacerse.

Ese fue el tercer latido.

La Sierra de La Laguna alberga 694 especies de plantas vasculares, cerca del 12% endémicas. 74 especies de aves, de las cuales 15 son exclusivas de esta región. 47 especies de mamíferos, con altos porcentajes de distribución limitada a estas montañas. Ya existe una vasta literatura científica que documenta las especies con precisión. Lo relevante en este punto es la densidad de biomasa. La cobertura vegetal y animal de la sierra, en su conjunto, como masa viva interconectada. Es el único factor que mantiene la estabilidad de los suelos regosoles y litosoles sobre los que todo descansa. Sin esa biomasa, el suelo se erosiona. Y sin suelo, no hay recarga. El organismo completo colapsa.

La biomasa no es patrimonio cultural de la sierra. Es su estructura de soporte. Y es irremplazable: las especies que la componen evolucionaron durante millones de años en aislamiento geológico. No pueden sustituirse. Introducir especies externas no “restaura” el sistema, colapsa equilibrios que el Cretácico construyó.

Las especies que evolucionaron en aislamiento no desarrollaron mecanismos de resiliencia ante perturbaciones externas. No saben recuperarse de lo que nunca enfrentaron: la remoción súbita de biomasa. Estas especies evolucionaron sin depredadores, sin ungulados, sin perturbaciones mecánicas. Su resiliencia ante la remoción de biomasa es prácticamente nula.

Y en un sistema construido sobre granito, eso es determinante: sin cobertura vegetal el suelo se erosiona, y sin suelo no hay infiltración por fracturas. Pero la fragilidad no viene solo desde arriba. Cualquier intervención en el subsuelo: una voladura, una excavación minera, las cimentaciones de una construcción… rompe la red de fracturas que conduce el agua. El daño opera en ambas direcciones. La cadena colapsa entera. Es una fragilidad estructural.

El cambio climático ya es una amenaza suficiente para la sierra, una que no puede detenerse con un amparo, pues ya está redibujando los límites de lo posible dentro de la reserva. Los modelos del CIBNOR son claros: con un aumento de 1.5°C, la idoneidad ecológica para el pino endémico Pinus cembroides lagunae se pierde por completo. Las islas de cielo, esas montañas húmedas rodeadas de desierto, son trampas de calor para las especies que las habitan. No pueden migrar hacia ningún lado. Si la temperatura sube, las especies endémicas no tienen a donde ir.

De eso debería ocuparse la conversación pública. Que además tengamos que defender la sierra de intervenciones humanas perfectamente evitables no es solo una negligencia. Es incompetencia institucionalizada.

La biopolítica del estruendo

La Sierra de La Laguna está siendo amenazada por acciones físicas coordinadas bajo la sombra de la simulación. El Frente Ciudadano en Defensa del Agua y la Vida (FRECIUDAV), en su rueda de prensa del 11 de mayo de 2026, ha puesto nombres y cifras a esta agresión: entre 10 y 15 vuelos diarios de un helicóptero Bell 505 que, durante semanas, transportó vigas de acero, cemento y generadores eléctricos hacia la Zona Núcleo de la Sierra, específicamente al Valle de Nuestra Señora del Rosario.

Esta infraestructura del despojo no es solo una violación al silencio de la montaña por el ruido generado por helicóteros de 90 decibeles (dB) durante 8 horas diarias, por 7 días consecutivos.  El Frente denuncia una opacidad institucional alarmante: mientras los ciudadanos y rancheros documentan el material de construcción resguardado entre la vegetación, PROFEPA, CONANP y el Gobierno del Estado emiten un comunicado conjunto, hasta esa fecha de la rueda de prensa, descartando cualquier actividad ilegal.

Dos días después de la rueda de prensa, el 13 de mayo, el FRECIUDAV se reunió con la Dra. Cristina González Rubio Sanvicente, encargada de la Oficina de SEMARNAT en La Paz BCS, exigiendo información oficial sobre trámites relacionados con proyectos en la Sierra La Laguna y acciones ante el hallazgo de materiales de construcción en la zona, así como las recientes clausuras efectuadas por el Ayuntamiento de Los Cabos en predios relacionados con desmontes y movimientos de tierra. Solo entonces, tras dos meses de silencio ante la solicitud de información presentada en marzo –en la que el Frente había pedido información sobre cuatro trámites vinculados a proyectos en la Sierra: la MIA del “Santuario del Tío Checo” (cuyo resolutivo ya había sido rechazado), cambios de titularidad y modificaciones a proyectos ecoturísticos previamente autorizados–, la funcionaria reconoció que el material de construcción en Zona Núcleo representaba un “foco rojo”, y pidió que nadie lo tocara para tener evidencia.

Se confirmó que no han autorizado nada dentro de la Sierra La Laguna, que no existe permiso para proyectos de construcción en la REBIOSLA. El Frente solicitó a la Encargada de SEMARNAT que convocara a una mesa de trabajo con SEMARNAT, PROFEPA, CONANP, el Gobierno del Estado y los Municipios de La Paz y Los Cabos, debido a la falta de transparencia, así como para hacer una revisión y de las actuaciones realizadas posterior a los actos ilegales en la Sierra y las denuncias presentadas, y para definir medidas de protección ambiental y garantizar participación ciudadana en las decisiones sobre la Sierra.

Ese helicóptero ya tenía antecedente. En agosto de 2025, el mismo Bell 505 había sobrevolado el Valle de Nuestra Señora del Rosario en un primer episodio.  CONANP lo había autorizado en junio de 2025, a solicitud de la empresa Vuelo y Transporte Privado Comercial S.A. de C.V., para “realizar actividades turísticas y recreativas” en Zona Núcleo. No entró a escondidas. Entró con firma institucional. El Plan de Manejo de la REBIOSLA prohíbe absolutamente cualquier actividad turística en la Zona Núcleo. La autorización misma era ilegal. No es que alguien abusó del permiso. Es que el permiso no debió existir.

El Biólogo Benito Bermúdez, Director Regional de CONANP describió como “una anuencia especial”, y prometió públicamente que no volvería a ocurrir. Ocho meses después, regresó con vigas de acero. Esta vez con entre 10 y 15 vuelos diarios por 7 días consecutivos.

Es importante subrayar que cuatro meses después de aquella primera “anuencia especial”, en octubre de 2025, la diputada del Partido Verde Ecologista de México, Nayeli Arlén Fernández Cruz, presentó el 8 de octubre de 2025 una iniciativa para reformar el artículo 46 de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente (LGEEPA). El nuevo texto instala en la ley el lenguaje de “reintroducción de especies”, “restauración de la biodiversidad”.

Cabe destacar que Jorge Emilio González Martínez, “El Niño Verde”, ex presidente del Partido Verde Ecologista de México, vinculado históricamente a desarrollos inmobiliarios en territorios protegidos del sureste mexicano, su fundación, Hermandad en Armonía A.C.,  promovió el “Santuario del Tío Checo” –el proyecto de reintroducción de ungulados, como el borrego cimarrón y otras especies en Sierra de La Laguna, en un sistema montañoso húmedo que nunca los albergó, presentado como “conservación” en un discurso que pretende naturalizar la intervención bajo el lenguaje del cuidado–,  y la que está adquiriendo predios en el Primer y Segundo Valle de la Sierra, incluyendo el predio Nuestra Señora del Rosario, en Zona Núcleo.

La reforma al artículo 46 de LGEEPA no menciona el proyecto. No menciona la sierra. No menciona al Niño Verde, pero instala exactamente el lenguaje que ese proyecto necesita para operar. En febrero de 2026 dicha reforma fue aprobada por unanimidad –todos los partidos políticos–. Eso es lo más revelador. No hay un partido de oposición que haya leído el texto con cuidado. O si lo leyó, no lo dijo. La unanimidad no es consenso ideológico, es la ausencia total de escrutinio legislativo sobre materia ambiental técnica.

El 14 de mayo de 2026, la Asociación Rescate de los Pueblos, Tradiciones y su Economía y la Asamblea General Pueblos Soberanos de Baja California Sur se reunieron afuera del Palacio de Gobierno y entregaron una carta al Gobernador Víctor Manuel Castro Cosío exigiendo una audiencia pública urgente. Denunciaron actividades irregulares de la fundación “Hermandad en Armonía” promovida por Jorge Emilio González Martínez. Y señalaron algo que no tiene respuesta pública: el 23 de marzo de 2026, González Martínez visitó el Palacio de Gobierno y tuvo un encuentro con el Gobernador. Sin comunicado. Sin publicación en redes oficiales. Sin explicación.

Las mismas organizaciones entregaron ese mismo día una solicitud de comparecencia ante el Congreso del Estado, exigiendo que los funcionarios responsables de  SEMARNAT, PROFEPA, CONANP, los municipios de La Paz y Los Cabos rindan cuentas públicamente.

Esta no es la única amenaza, el FRECIUDAV en la rueda de prensa del 11 de mayo del 2026 alerta sobre un caballo de Troya semántico en el Programa de Ordenamiento Ecológico Local (POEL) de La Paz: el intento de incluir el término de «Actividad Productiva Sustentable Subterránea”. Bajo este eufemismo se pretende abrir la puerta a la minería de roca fosfórica en zonas críticas de recarga hídrica, como San Juan de la Costa.

Defender la Sierra hoy no es solo oponerse a una mina de oro como hace doce años. Es descifrar un modelo que opera simultáneamente en el aire y en el papel. Con helicópteros que violan el Plan de Manejo y con terminología que reescribe la ley. La normativa existe. Lo que falta es quien la haga cumplir. Lo que está en juego en estos vuelos y en estas letras pequeñas del POEL es, literalmente, la seguridad hídrica de todos nosotros. 

Epistemología extractiva

Existe un dato enterrado entre tecnicismos que cambia por completo la manera de entender la Sierra de La Laguna: la geohidrología profunda de la sierra es prácticamente desconocida en términos científicos publicados. Si la formación de la Sierra es un proceso de millones de años, su comprensión científica es, paradójicamente, un vacío.

El investigador Saúl Chávez López, en el capítulo dedicado a la geohidrología del Libro de Evaluación Biológica y Ecológica de la REBIOSLA, lo reporta con claridad: no existe información publicada sobre la geometría estructural de sus acuíferos. No se conoce con precisión la arquitectura subterránea del sistema que sostiene la vida en toda la Región. No sabemos exactamente cómo se conectan sus fracturas, qué tiempos reales de recarga existen, ni cuál es la capacidad límite de resiliencia del batolito granítico frente a perturbaciones externas.

Sin embargo, sí existen trabajos de exploración minera.

La Sierra se conoce mejor por dentro como un posible yacimiento que como el sistema hídrico vital que es. La montaña que abastece de agua a una de las regiones más áridas de México ha sido estudiada con mayor detalle para identificar minerales que para comprender el flujo profundo que sostiene sus acuíferos.

El mapa lo dice todo: se cartografía primero aquello que puede extraerse.

El Programa de Manejo de la Reserva de la Biosfera Sierra de La Laguna (REBIOSLA) reconoce que la Zona Núcleo funciona como área principal de recarga hídrica. Es ahí donde la lluvia penetra lentamente por las fracturas del granito y alimenta los procesos subterráneos que después sostienen manantiales, arroyos intermitentes y acuíferos en las partes bajas. Las Zonas de Amortiguamiento e Influencia, por su parte, cumplen otra función crítica: permitir la formación de acuíferos que abastecen a las localidades aledañas. El sistema completo depende de que el ciclo hidrológico permanezca intacto.

Porque en Baja California Sur el agua no es una obviedad geográfica. Es una anomalía. Mientras el promedio anual de precipitación del estado ronda apenas los 175 mm  (trece veces menos que entidades como Tabasco, por ejemplo), la Sierra de La Laguna recibe entre 500 y 700 mm anuales. Esa diferencia no es climática solamente: es civilizatoria. La sierra no es un paisaje montañoso de las playas paradisíacas del desierto o del acuario natural del mundo; es el pulso hídrico de toda la región.

Dentro de la Reserva nacen seis cuencas hidrológicas fundamentales: San Bartolo, Santiago, San José, Cañada Honda, Todos Santos y Pescadero. Seis sistemas que dependen de un mismo proceso de infiltración lenta construido durante millones de años. La lluvia que llega a las partes altas desciende por fracturas invisibles, se filtra entre granitos cretácicos y emerge mucho después convertida en agua subterránea. La Sierra no almacena agua como una presa; la produce como proceso geológico vivo.

Por eso las prohibiciones establecidas en el Capítulo IX, Regla 83 del Programa de Manejo no son caprichos ambientalistas. Son medidas de supervivencia hidrológica. El documento prohíbe explícitamente verter contaminantes en suelo, subsuelo o cauces; emitir sustancias que pongan en riesgo ecosistemas o poblaciones; interrumpir, rellenar, desecar o desviar flujos hidráulicos.

La norma es clara porque entiende algo fundamental: alterar el flujo del agua en la Sierra significa alterar el metabolismo completo de la región. Por eso resulta tan grave la imagen de helicópteros transportando vigas de acero, cemento y maquinaria hacia la Zona Núcleo. Se trata de infraestructura ingresando físicamente a un territorio cuya legislación existe para impedir exactamente ese tipo de intervención. La contradicción entre la norma y los hechos no requiere interpretación jurídica sofisticada.

Cabe resaltar en este punto que dentro de la Zona de Amortiguamiento existe un antecedente concreto: el proyecto minero Concordia, clasificado como “Subzona de Aprovechamiento Especial”, la empresa reporta que conoce la inviabilidad política y ambiental de extraer agua de los acuíferos locales, por lo que contempla construir una desalinizadora y transportar agua de mar mediante acueductos hacia el proyecto.

Aunque esto se pudiera calificar de «eficiente», una desalinizadora no es una solución ambiental. Es la misma lógica extractiva trasladada al mar. Y para llevarla a la sierra mediante acueductos se necesitan zanjas, desmonte, compactación de suelos, interrupción de flujos superficiales, fragmentación de hábitats. Cada kilómetro de tubería es una autorización tácita para seguir extrayendo. La mina no solo se abastece del mineral, se abastece del mar. En cada desalinizadora, cada litro de agua producido por ósmosis inversa genera un residuo sumamente tóxico: la salmuera, una mezcla hipersalina que reduce el oxígeno disuelto, altera la temperatura del agua y destruye la fauna bentónica. No existe tratamiento para este residuo tóxico, solo se diluye, se entierra o se dispersa. En el litoral español y en los Emiratos Árabes Unidos ya hay territorios del tamaño de ciudades enteras cubiertos por costras de sal cristalizada, donde la vida ha sido expulsada.

La paradoja se vuelve todavía más inquietante al observar el mapa de los distritos mineros registrados dentro y alrededor de la Reserva. Zona Cacachillas. Santa Martina. Distrito El Triunfo. Área Andrés Márquez. Placer Rosario. Área Los Uvales. Paredones Amarillos. Placer La Muela. Zona Kuko. Zona La Trinidad. Diez distritos mineros superpuestos sobre el mismo territorio que sostiene la recarga hídrica regional.

Mapa de localización de distritos mineros en la región La Paz-Los Cabos del libro «Evaluación Biológica y Ecológica de la Reserva de la Biosfera Sierra La Laguna, BCS: Avances y Retos, de CIBNOR».

La cartografía revela algo: el subsuelo de la Sierra ha sido históricamente leído bajo la lógica del depósito mineral.

El que solo se estudie con precisión científica aquello que genera una tasa de retorno económica inmediata es una epistemología extractiva: lo que no produce ganancias en el corto plazo, no merece cartografiarse, modelarse ni comprenderse. El agua profunda de la Sierra, que no cotiza en la bolsa, se vuelve invisible. El oro, la plata y el cobre –que si tienen precio– convierten la montaña en un objeto de conocimiento detallado. Y la ciencia, la misma que podría proteger la recarga hídrica, históricamente se ha puesto al servicio de la cotización.

La gravedad de esta epistemología extractiva no es teórica. Es práctica y está ocurriendo ahora. Porque si la geohidrología profunda de la sierra es prácticamente “desconocida”, entonces cualquier permiso de CONAGUA se firma sobre un vacío de conocimiento. No se puede proteger lo que no se ha cartografiado. Ese vacío científico inducido por la lógica extractiva no es neutral: le hace el trabajo sucio a la industria. Mientras los datos no existan, la mina puede entrar.

El problema comienza incluso antes de la extracción. Comienza en el lenguaje.

Nombrar el agua de la Sierra como recurso geohidrológico ya implica una forma específica de mirar el territorio. Un recurso es algo que puede calcularse, concesionarse, explotarse, agotarse. Pero el ciclo hídrico de la Sierra no funciona como un recurso. Funciona como un proceso irrepetible: recarga en la Zona Núcleo, infiltración profunda a través de fracturas graníticas, manantiales en fallas geológicas, formación de acuíferos en las partes bajas, abastecimiento de seis cuencas y supervivencia humana en medio del desierto.

La diferencia no es semántica. Un recurso puede reemplazarse. Un proceso colapsado no.

La Sierra de La Laguna no “tiene” agua. La Sierra de La Laguna es agua.

Los que saben leer el agua

Antes de la Reserva de la Biósfera, antes de que ningún decreto federal trazara polígonos sobre el mapa, antes de que ninguna empresa minera enviara geólogos a estudiar las fracturas del granito, había gente viviendo en la sierra. Gente que aprendió a leer el agua donde nadie más sabía encontrarla.

El origen del rancho sudcaliforniano se remonta a 1748, con el establecimiento de las misiones jesuitas. El Real de Santa Ana fue el primer rancho que se creó fuera de la jurisdicción misional. A partir de 1767, con la expulsión de los jesuitas, las posesiones de las misiones pasaron a manos de soldados, trabajadores y ganaderos, y lo que antes era propiedad eclesiástica se convirtió, de forma gradual e informal, en el territorio que los rancheros sudcalifornianos aprendieron a habitar en la sierra. Ese proceso de apropiación no fue extractivo. Fue adaptativo: durante más de tres siglos, los rancheros de la sierra construyeron un sistema de vida que la ciencia contemporánea llama «manejo holístico de recursos naturales» y que ellos simplemente llamaban vivir.

El capítulo de Cultura del Rancho Surdcaliforniano dentro de los límites de REBIOSLA, de

Reygadas-Dahl y Landa-Romo en el Libro Diagnóstico y Análisis de los aspectos sociales y económicos de REBIOSLA, lo documenta con precisión etnográfica. La economía del rancho no dependía de la extracción; dependía de la lectura del entorno. El ganado se manejaba dentro de los cañones para establecer mejoras, moviéndolo arriba o abajo del arroyo según la temporada, aprovechando el agua sin agotar el pasto. El agua se obtenía de ojos de agua y pozos artesanales, a través de represos rústicos construidos de piedra acomodada en forma piramidal, con canales de madera de palo zorrillo o mauto que conducían el flujo hasta la huerta, hasta el corral, hasta la familia.

La alimentación era, en su mayoría, autosuficiente: frijol, maíz, calabaza, camote, frutas del huerto, carne de res conservada con técnicas propias, queso elaborado a mano, miel. La tecnología no venía de fuera. Se fabricaba con lo que la sierra ofrecía.

La indumentaria del ranchero lo dice todo: la «cuera» de gamaza, la «bajacuera» de cuero entretejido con palma, el sombrero de trenza de palma, las espuelas, el ramal, las polainas. Todo hecho con materiales de la sierra, todo diseñado para moverse en ese territorio específico de cañones, rocas y espinas, sin depender de ningún mercado externo. Era una cultura que no necesitaba helicópteros para llegar a la montaña porque había aprendido, durante trescientos años, a caminar en ella.

Esa autonomía, sin embargo, está siendo destruida. El capítulo documenta algo que ningún informe oficial de conservación suele mencionar: la población de la REBIOSLA ha experimentado una marcada reducción en los rangos de edad de 20 a 45 años. Los jóvenes se van. Los centros turísticos de Los Cabos, Los Barriles, San José del Cabo y Todos Santos  ofrecen empleos que el rancho ya no puede competir. Con cada joven que sale de la sierra hacia la ciudad, se pierde algo que no aparece en ninguna manifestación de impacto ambiental: el conocimiento de cómo funciona ese territorio. En cómo se leen las señales en las orejas del ganado extraviado. Cómo se fabrican los represos de piedra. Dónde está el ojo de agua que no falla en agosto. Cómo se conserva la carne sin refrigerador en el calor del verano.

El capítulo señala así: la incorporación de los rancheros a la economía global ha significado una creciente pérdida de sus valores culturales y tradiciones.

Lo que el mercado llama «desarrollo» y la institucionalidad llama «integración», los rancheros lo experimentan como el fin de una manera de estar en el mundo que tardó trescientos años en construirse y que puede desaparecer en una generación.

El decreto llegó acompañado de restricciones que, en muchos casos, han dificultado las actividades productivas tradicionales que precisamente sostenían esa conservación.

Los rancheros que saben leer el agua no necesitaban un Programa de Manejo redactado en oficinas de Ciudad de México para saber que no hay que desviar los flujos hidráulicos de la zona núcleo. Eso lo sabían desde antes de que existiera el concepto de «zona núcleo». Lo que no sabían –y lo que nadie les advirtió– es que el mismo decreto que pretendía proteger su territorio abría, en su zona de amortiguamiento, la puerta a la minería.

Eso no significa que los rancheros hayan sido custodios perfectos del territorio. Algunos vendieron tierras. Algunos aceptaron trabajar en proyectos que prometían “minería sustentable”. Otros con mal manejo de la tierra, del rancho. Algunos otros se fueron. Pero esas decisiones no ocurrieron en el vacío.

Piñeda Verdugo, Carballo Lucero y Lira Beltrán, en su estudio etnoecológico realizado en el territorio ranchero de La Soledad, BCS, documentan con precisión el contexto: desarrollar la vida cotidiana  en las periferias de la vida moderna, en una marginación geográfica estructural que el Estado nunca resolvió, sin servicios de salud pública.

Se les prohibió el uso del agua para subsistir. Se les ofreció un jornal para extraer. Se les restringieron las actividades que sostenían su conservación mientras el mismo decreto abría el subsuelo al capital global.

Hoy, mientras los hijos de los rancheros trabajan en los hoteles de Los Cabos y la sierra se vacía de la gente que la conoce, un helicóptero Bell 505 lleva vigas de acero al Valle de Nuestra Señora del Rosario en la Zona Núcleo. El conocimiento que se fue acumulando durante trescientos años no cabrá en ningún repositorio de memoria cultural.

Cuando los jóvenes se van a Los Cabos, no solo se va la mano que sostiene el rancho, se va el vocabulario del territorio.

Gerardo Bocco lo documenta con precisión desde la etnofisiografía: el conocimiento tradicional del paisaje está codificado en el lenguaje, en los topónimos, en cómo se nombra el arroyo que no falla en agosto, en el nombre del cañón donde el ganado sube en temporada de lluvias. Cuando ese lenguaje desaparece, desaparece también lo que se sabe de las cosas.

El subsuelo mexicano

El Artículo 27 de la Constitución establece que el Estado tiene el dominio directo, inalienable e imprescriptible de todos los recursos minerales. Esto crea una fractura ontológica en la propiedad: puedes ser dueño de la superficie, del suelo que pisas, de la casa que habitas y de la huerta que heredas, pero el subsuelo nunca es tuyo. El mineral que duerme debajo de un ejido, de una tierra comunal o, como en este caso, de una Reserva de la Biósfera, le pertenece a la Nación.

Esa fractura ontológica del Artículo 27 no es un accidente. Es la traducción jurídica de una colonialidad del saber que sigue operando, silenciosa, bajo cada Manifestación de Impacto Ambiental.

Sin embargo, el matiz jurídico donde reside la trampa es el siguiente: que el mineral pertenezca a la Nación no implica una obligación constitucional de extraerlo. No existe un mandato que dicte que cada gramo de oro deba ser arrancado de la tierra para el progreso. Lo que existe es una arquitectura legal de facilitación: la Constitución abre la puerta a que el Ejecutivo Federal otorgue concesiones a particulares para la explotación de esos recursos. En la práctica, esta facultad se ha transformado en una jerarquía absoluta donde el derecho minero se impone sistemáticamente sobre cualquier otra forma de relación con el territorio.

Esta jerarquía es la que permite la existencia de los «caballos de Troya semánticos» que hoy acechan a la Sierra de La Laguna. Las declaratorias de las Áreas Naturales Protegidas (ANP) a menudo contienen cláusulas de excepción en sus zonas de amortiguamiento. Bajo el paraguas del «interés nacional» o de «aprovechamiento sustentable», la minería encuentra rendijas legales para operar incluso dentro de polígonos de conservación. El intento de incluir la “Actividad Productiva Sustentable Subterránea» en el Programa de Ordenamiento Ecológico Local (POEL) de La Paz es el ejemplo vivo de esta subordinación. Es el uso del lenguaje administrativo para anular el Artículo 4 Constitucional, que garantiza el derecho a un medio ambiente sano, en favor del dominio mineral.

Incluso cuando la resistencia social detiene la extracción directa, el sistema despliega una segunda línea de avance: el desarrollo forzado. Si una comunidad se niega a la mina, se le empuja a «integrarse a la economía global» a través del turismo de naturaleza, desarrollos inmobiliarios de élite, e incluso programas de restauración de la biodiversidad. No es una alternativa de libertad, sino una vía distinta para el mismo fin: la apertura al capital externo y la pérdida gradual del control territorial. En el nudo jurídico de México, la Constitución no obliga a explotar o desarrollar, pero sí construye el escenario para que el dominio mineral y el capital privado puedan aplastar, con la ley en la mano, la integridad de la piedra y el tiempo.

La fractura ontológica no es solo jurídica. Es una grieta en la forma de entender qué es propiedad, qué es territorio y qué es pertenencia.

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Con especial agradecimiento a Mónica Gabriel Alzaga Mayagoitia, del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR), por su generosidad al proporcionarme el sustento bibliográfico esencial para la realización de este ensayo.

Fuentes consultadas:

Arriaga, L., & Ortega, A. (Eds.). (1989). La Sierra de La Laguna de Baja California Sur. Centro de Investigaciones Biológicas de Baja California Sur.

Bocco, G. (2025). Etnofisiografía, etnoecología y etnogeografía: El nombre de los lugares o la invisibilidad de la geomorfología (1ª ed.). Instituto de Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México.

California Department of Water Resources. (2020). Groundwater. California State Government. https://water.ca.gov/water-basics/groundwater

Diario Humano. (2026, 13 de mayo). Ahora sí: Semarnat reconoce “foco rojo” por material de construcción en la Sierra y pide acordonarlo. Diario Humano. https://diariohumano.com.mx/2026/05/13/ahora-si-semarnat-reconoce-foco-rojo-por-material-de-construccion-en-la-sierra-y-pide-acordonarlo/

Diario Humano. (2026, 14 de mayo). “La Sierra no se vende”: Así se vivió la marcha en La Paz por la defensa de Sierra La Laguna. Diario Humano. https://diariohumano.com.mx/2026/05/14/la-sierra-no-se-vende-asi-se-vivio-la-marcha-en-la-paz-por-la-defensa-de-sierra-la-laguna/

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