Por Octavio Escalante:

1994. En aquellos días los niños ya habíamos tenido un tema de adultos cuando mataron a Colosío, y todos dejamos de jugar a los ollitos para ir a ver la noticia, ilustrada con esa calidad de video que hacía todo más perturbador, con la canción de la Banda Machos sonando al fondo de un estallido de sangre.

Pero había pasado ese tema para nosotros y seguimos entretenidos con nuestros juegos: los trompos de madera o plástico –quequeados– los catotones, las tamaladas, los pelotazos, el futbol por la tarde, los tiradores cazando cachoras, las armas forjadas con un clip para el pelo, una liga y un popote, y el cani cani.

Este último juego consistía en ponerle unas cuantas piedras a un envase de plástico para que fuese como una sonaja, luego lanzarla lo más lejos posible y mientras un niño tenía que ir por ella, todos los demás, unos 6, se escondían en los rincones ideales de la calle.

Había base: siempre establecida en uno de los postes de madera de la Comisión de Electricidad de aquellos tiempos, en que se dejaba la sonaja y el pobre niño iba a buscar a los demás. Cuando se daba cuenta de dónde estaba escondido uno, tenía que correr al poste de madera, tomar la sonaja y gritar: «Cani cani por el Chore, que está atrás del pick up de don Alfredo».

Eso era una aseveración irrefutable y alimentaba la honradez de todos, a través de la honradez del niño descubierto que tenía que salir reconociendo que lo habían hallado.

Por otra parte, si uno de los niños escondidos lograba salirse de su zona de confort en el escondite e ir corriendo, arriesgando su turno –porque si lo descubrían sería el próximo buscador– y llegaba a la zona, era su responsabilidad gritar: «Cani cani por mí y por todos mis amigos» lo que significaba que salvaba a todos, menos al buscador de ese momento, que tenía volver a repetir todo el proceso de ir a recoger la sonaja tirada por alguien más, y buscar a cada uno en nuevos escondites.

Una cosa sería.

Sobre todo cuando el buscador daba señales de poca destreza para encontrar y se repetían demasiado sus turnos, lo que se consideraba un abuso y de alguna manera se quejaba, a veces fuertemente, y había que llegar a distintos acuerdo –tal vez para cambiar al buscador extraoficialmente.

Porque hay que decir algo: se trataban de reglas que no escritas en piedra. Una de esas reglas era que el buscador no podía engañar verbalmente a quienes se escondieron. No podía decir: «Salgan, necesito decirles algo» y que cuando salieran hiciera el cani cani.

En ese contexto, y en aquella noche de las que les quería hablar ahora, es que cuando lanzaron la sonaja el buscador que tuvo que ir por ella nos habló a todos: «Vengan, eeeey, vengan, vengan a ver».

No le creíamos. Uno estaba escondido arriba de un árbol; otro, muy pequeño, entre las llantas de una camioneta; otro subido a la pared recostadísimo como un gato; y así sucesivamente esas habilidades para escabullirse.

«¡Vengan!», gritó de nuevo el niño, que recuerdo muy bien se llamaba Diego. Su papá solía llegar en un LTD y cuando era día de la virgen de Guadalupe lo llenaba todo de luces rosas y verdes, con una réplica del cuadro de la basílica en el capacete, que todos conocemos como si fuese nuestro.

Nos convenció con sus gritos.

Salimos de los escondites y fuimos con el Diego, que tenía la sonaja del cani cani en la mano y estaba viendo hacia la derecha a lo alto; ahí volteamos inmediatamente y vimos una gran bola de fuego que iba cruzando el cielo oscuro. No estaba lejos. Se le veían las llamas. No era un ovni lejano, sino algo que parecía más bien de unos diez metro de diámetro; se veían las llamas, digo. El fuego estilo fogata. Pero subía y bajaba en un ritmo propio.

Además de ciertos alaridos infantiles, no dijimos nada más. Nos quedamos quietos en la contemplación de aquella bola de fuego, que poco a poco se fue yendo y como cayendo, no supimos nunca a cuántos kilómetros de nosotros.

Un señor, papá de una de las niñas, fue quien nos guio: «eso debió haber caído muy lejos de aquí, como por El cardonal». Y ya. Sin más datos.

Muchos años después, en las lecturas sobre el incidente ovni del presidente Eisenhower, cuya administración había pasado ya hacía casi cuatro décadas, me enteré de los programas de comunicación del gobierno estadounidense, del experimento de armas, de los foo fighters e incluso de las supersticiones sobre hechiceros y hechiceras que –por alguna razón– gustaban de transportarse en forma de fuego.

Nada excepcional. Otros días siguieron y siguieron nuestros juegos. Eran comunes las cosas extraordinarias, así aparecieran en un charco de agua.